martes, 4 de mayo de 2010

Deliciosa esquizofrenia

A Jose le gusta ruben blades, y le pega a los tambores cuando no está haciendose el serio. Escribió esto y lo puso a circular por los correos. Lo reproduzco aquí, porque me parece vale la pena leerlo. 

Rubén Blades, una leyenda viva de la cultura y de la política latinoamericana, tocó durante tres horas en el Coliseo Cubierto “El Campín” el 1 de mayo, en un escenario esquizofrénico.

Antes de que empezara la murga, aparecieron varias personas con camisetas de la campaña a la presidencia de Antanas Mockus. La gente se levantó de sus sillas y aplaudió. Luego los promotores de la acción política repartieron tiritas fluorescentes de color verde, y con ellas se alumbró el baile durante las tres horas.

Rubén comenzó cantando “El Padre Antonio y su monaguillo Andrés”. Dedicada al padre Arnulfo Romero, asesinado en 1980 en el Salvador por defender los derechos humanos. El público pudo bailar “Pablo Pueblo”, en homenaje al Día Internacional del Trabajo y se pidió que el próximo gobierno tuviera en cuenta que las mujeres deben recibir los mismo que los hombres. Tocó “Plantación Adentro”, en la que se denuncia la marca histórica del esclavismo en las plantaciones latinoamericanas. Cantó “Ojos de Perro Azul”, como el cuento de García Márquez, en la que se alude a los “pueblos corriendo en eternas retiradas” y a los hombres que se niegan a esa huida, como tantos los que han enfrentado a la muerte en nuestro territorio. Mejor dicho. Rubén Blades cantó a lo que siempre canta, a la verdad, a la justicia, a la memoria. Y el público que coreó al inicio por Antanas Mockus cantó también “Desapariciones”, escrita contra las dictaduras de Argentina y Uruguay, pero según sus propias palabras, también para cantar aquí en “democracia”.

Votar por Antanas Mockus, con el corazón y la mente puestos sobre la libertad, con la conciencia acerca de los crímenes que han definido la democracia en nuestro país, y con el relacionamiento entre esos crímenes y su causa, encallada en la acumulación de tierras, poder y dinero que mató a Camilo Manrique y a Pablo Pueblo, es simplemente esquizofrénico. Claro, esa elección tiene varias lógicas: No más Uribe, rechazo a Santos, rechazo a Petro porque se le concibe igualmente conflictivo o peligroso, y en algunos casos, por la aventura de lanzarse a la nada, distinta del monolítico destino invariable de los últimos ocho años. Pero aunque esa elección tiene lógicas no tiene coherencia.

Mockus continuará, como todos los candidatos, con la Seguridad Democrática. Ahora la enmarcará en la legalidad, es decir, la continuará, sin esas cosas feas que no nos gustaron de ella. Lo terrible es que la propuesta de consenso social para definir el disgusto que motiva los cambios es la naturaleza ilegal de lo rechazable. Así, no lo es la funcionalidad del poder del Estado para la construcción de un tipo de país que se nos estructuró en contra la paz y la justicia social. Por eso ahora todos los ilegales estarán prohibidos jurídica y culturalmente, asimilables a Mancuso y a Don Berna. No importa que las leyes hayan sido producidas por para-politicos, o por oligarcas rapiñosos. Su contenido no es objeto de discusión. La estrategia de la Seguridad Democrática, que era la de convertir la política antisubversiva en una política legitima y legal sobre la base del antiterrorismo, tiene ahora un camino para su consolidación más propio de intelectuales de derecha que de finqueros, pero al fin, de derecha, no neutro. Para todos los problemas del indio que trabaja en las plantaciones de Palma Aceitera, o del trabajador acusado de ser privilegiado frente a los pobres, la respuesta es la misma: “La vida es sagrada”, y por defecto, “no me acuerdo de qué opiné cuando bombardearon el campamento de Raúl Reyes en Ecuador”. Y la elección por Mockus es entonces por una perspectiva, que mira para un lado mientras la esperanza mira para el otro. 

Si Mockus será el próximo presidente, ello será mejor que si lo fuera Santos. Pero ello, con su lógica, no es coherente con un baile por la verdad, la justicia y la memoria.



José Antequera Guzmán

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